Cuando un chico no quiere leer, no siempre es falta de ganas

Cuando un chico no quiere leer, no siempre es falta de ganas
Aprender a leer es uno de los desafíos más importantes de la infancia. Sin embargo, muchas veces se asume que, si un niño no lee o evita hacerlo, es porque no quiere o no se esfuerza lo suficiente.
La realidad es otra.
Leer no es un proceso natural. A diferencia del habla, que se adquiere de manera espontánea, la lectura requiere una enseñanza explícita y un entrenamiento sistemático. El cerebro no nació para leer: debe reorganizarse y crear nuevas conexiones para lograrlo.
Cuando este proceso no se automatiza correctamente —especialmente la decodificación— el niño necesita usar gran parte de su atención solo para leer las palabras. Esto deja pocos recursos disponibles para comprender lo que está leyendo. Como resultado, la lectura se vuelve lenta, cansadora y frustrante.
En este contexto, evitar la lectura no es una elección: es una consecuencia.
Muchos niños comienzan a asociar la lectura con el error, el esfuerzo excesivo y la frustración. Esto impacta no solo en su rendimiento académico, sino también en su autoestima y en su relación con el aprendizaje.
Es importante entender que las dificultades en la lectura no están relacionadas con la inteligencia. Un niño puede tener excelentes capacidades cognitivas y, aún así, presentar dificultades específicas en este proceso.
Por eso, el foco no debe estar en exigir más, sino en intervenir mejor.
Hoy sabemos, gracias a la neurociencia, que el cerebro puede entrenarse. Con el acompañamiento adecuado, estrategias específicas y práctica sistemática, es posible mejorar la fluidez, la precisión y la comprensión lectora.
Detectar estas dificultades a tiempo y ofrecer una intervención adecuada no solo mejora la lectura, sino que transforma la experiencia de aprendizaje del niño.
Ante la duda, consultar a tiempo puede marcar una gran diferencia.
Lic. Susana Vázquez
Psicopedagoga
Orientación neurocognitiva
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