Es el Instituto Verbo Divino de Pilar. Nació en 1946 como una escuela para seminaristas. La apertura lo convirtió en un establecimiento histórico de la zona.
Referencia ineludible de Pilar y alrededores, el Instituto Verbo Divino es un gigante que en este septiembre está cumpliendo nada menos que 80 años de vida en la comunidad local.
De aquel misterio que despertaba comentarios en el pueblo hasta esta escuela que recibe cada día a más de 1.200 alumnos ha transcurrido -y se sigue generando-mucha historia.
Su historia en Pilar comenzó a principios de la década de ‘40, cuando la Congregación del Verbo Divino buscaba un terreno para construir su seminario. La elección recayó en una propiedad ubicada a dos kilómetros del centro de Pilar, por lo que en febrero de 1943 se decidió la compra.
El 7 de enero de 1945, el Padre Provincial José Rieger bendijo la piedra fundamental. En ese momento, el responsable inmediato por parte de la Congregación era el Hermano Mainrado.
Para construir el edificio hicieron falta nada menos que un millón y medio de ladrillos (fabricados en un horno propio); mientras que en el techo del ala central se colocaron 22 mil tejas.

Otra curiosidad es que en la construcción también participaban los propios sacerdotes, todos ellos habilidosos en tareas de carpintería, electricidad y herrería, por ejemplo.
En sus inicios el colegio se llamó Nuestra Señora del Pilar, tomando el nombre actual recién en 1969. El primer grupo de estudiantes era de apenas 19 alumnos, quienes llegaron a Pilar el 14 de septiembre de 1946. El primer Rector fue el Padre Bernardo Müller.
Puertas adentro, el colegio albergaba en un primer momento a seminaristas que fueron educados de manera integral, instruidos además en las artes, como la orquesta que funcionó en la institución a finales de la década de 1950 y principios de la del ‘60. En el mismo año se recibió a la primera maestra para 4to y 5to grado, Rosa Moscato de Casaux.
Pero, puertas afuera, el lugar era un sitio casi misterioso debido a su hermetismo: en los primeros años, los sacerdotes manejaban mejor el alemán que el español y solo salían del predio a cuentagotas, para comprar insumos.
Crecimiento
En 1958, el establecimiento fue incorporado a la enseñanza Oficial; y en la década del ‘60 se permitió el acceso de alumnos externos a los cursos inferiores y después a los del Secundario, aunque en forma restringida y muy controlada.
Así se dio inicio a una época fundamental, que fue integrando al Verbo al resto de la comunidad y viceversa.
En 1964, del Colegio Nuestra Señora del Pilar egresaban sus primeros Bachilleres. Al año siguiente se produjo una apertura significativa, dado que la línea de formación siempre había respondido a pautas muy rígidas. A lo largo de esta etapa se fue incrementado la matrícula y la apertura de grados, hasta cubrir el nivel primario completo, de 1º a 7º.
Fue así que el colegio se pobló de estudiantes no sólo de Pilar sino también de Partidos aledaños, incluyendo a Escobar, con alumnos que llegaron y llegan desde sitios como la localidad cabecera, Matheu o Ingeniero Maschwitz.
En 1973 ocurrió algo impensado hasta el momento: luego de una tensa votación las mujeres ingresaron como alumnas, aunque sólo en el Secundario. Recién 20 años más tarde el Verbo comenzó a ser mixto también en Primaria, mientras que en 1994 se inauguró el Nivel Inicial.
Protagonistas
A lo largo de estas siete décadas y media muchos fueron los sacerdotes, directivos y docentes que dejaron huella, como Adán Refkoski, Valerico Impsant, Clemente Ruppel, Luis Wilieczko, José Domenech, María del Carmen Balbín, Sara Cufré, Luis Menta, Mirta Varrella, Antonio Sastre, Silvia Temporetti, Zulma Martínez, Bentelinus Sacks, Marta Saladino, Claudio Velasco, Gonzalo Velázquez, la familia Ditz (una institución en sí misma dentro del colegio) y tantos más que merecerían varias páginas aparte…
Nada menos que 80 años para un colegio que tiene tres niveles educativos, un predio deportivo envidiable y una arquitectura que sigue asombrando. Un mundo en sí mismo, pero también un coloso que sigue recibiendo con los brazos abiertos a varias generaciones de estudiantes con los mismos objetivos de formación integral con los que soñó aquel puñado de sacerdotes allá por 1946.
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