La capacidad de una especie para sobrevivir a lo largo del tiempo está determinada por la capacidad de sus individuos de transmitir el material genético que los define como miembros de dicha especie.
En el reino animal y, por tanto, en la especie humana, las células responsables de tan importante labor se denominan OVOCITOS (oocitos u óvulos) en la mujer, y ESPERMATOZOIDES en el hombre.
Estas células, llamadas de manera genérica gametos (del griego Gameto, cónyuge) se originan, en el embrión, de una estirpe celular específica, la línea germinal, que se diferencia en estadios muy iniciales del desarrollo embrionario hasta originar células germinales primordiales e iniciar un rápido y progresivo incremento de su número a expensas de divisiones celulares sucesivas en las que se mantiene el número de cromosomas característico de nuestra especie: 46 cromosomas. Las células germinales primordiales (convertidas en espermatogonias u oogonias) son las únicas que van a sufrir un proceso de división celular específico que va a originar células con la mitad de la dotación cromosómica (23 cromosomas) de forma que, al producirse la fecundación o unión de dos gametos provenientes de dos individuos de diferente sexo, se mantenga constante el número de cromosomas de la especie humana.
Además, en esta división celular compleja y específica llamada meiosis, se va a producir una recombinación del material genético contenido en los cromosomas, de forma que cada nueva célula va a contener una información genética nueva y única, contribuyendo así al incremento de la diversidad genética en la descendencia.
En el sexo femenino la meiosis se inicia durante el período fetal pero queda detenida hasta la pubertad, cuando se inician los ciclos menstruales. Estas células se activarán de forma cíclica pero sólo completarán la división meiótica si reciben el estímulo del pico hormonal ovulatorio y se produce la fecundación.
En el sexo masculino, la meiosis se inicia y se completa a partir de la pubertad en un proceso que dura 64 a 75 días en la especie humana y que concluye con la formación de los espermatozoides maduros.
Los órganos que contienen ambas células son estructuras que van a permitir la maduración de dichas células y esto lo consiguen, entre otras, a expensas de la secreción de diversas hormonas.
En la mujer el ovario va a contener los ovocitos, que estarán rodeados de una serie de capas celulares que van a intervenir no sólo en su maduración sino en su nutrición y protección. En conjunto, esas células y el propio ovocito constituirán los llamados folículos, cuyo crecimiento se puede controlar mediante ecografía, y es la base del seguimiento que se realiza durante los tratamientos de reproducción asistida.
En el varón, los espermatozoides maduran en el testículo, concretamente en los túbulos seminíferos y se almacenan en un reservorio llamado epidídimo, donde, además, adquieren las últimas características que le dotarán de la capacidad de fecundación de un ovocito.
Hay que destacar un detalle en el proceso de gametogénesis del varón, y es que, para que este proceso tenga lugar en óptimas condiciones, la temperatura del testículo tiene que ser ligeramente inferior a la corporal y ésta es la razón por la qué estos órganos se encuentran fuera del abdomen.
La unión de ambos gametos se va a producir en la trompa de Falopio del aparato genital femenino y es a partir de este momento cuando se restablece el número cromosómico característico del ser humano y se determina el sexo del embrión dependiendo de si el espermatozoide porta un cromosoma X o un cromosoma Y.
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Dra Irene Dall´Agnoletta
