El broche final a una paleta diversa y apasionante

El broche final a una paleta diversa y apasionante
Por estos meses venimos recorriendo, copa en mano, el vibrante universo de los vinos tintos argentinos. Ya nos detuvimos a observar de cerca al Malbec, al Cabernet Sauvignon, al Bonarda y al Petit Verdot. Hoy, en esta nueva entrega, cerramos este primer capítulo de las cepas tintas hablando de esas otras variedades que completan el mapa: algunas históricas, otras elegantes, muchas redescubiertas. Todas valiosas. 
Y lo hacemos con el mismo espíritu con el que se disfruta una buena copa: con respeto por la tradición, curiosidad por lo nuevo y pasión por lo nuestro. 
Syrah: expresión caliente con carácter 
El Syrah argentino creció con fuerza en zonas de clima cálido como San Juan —donde encuentra uno de sus mejores territorios— y en algunas áreas de Mendoza, sobre todo en Luján de Cuyo y el Este. También da sorpresas en el Valle Calchaquí. 
Allí desarrolla tintos intensos, con notas de frutas negras maduras, pimienta negra, violetas y un fondo ahumado o especiado. Dependiendo de la altitud y el estilo del enólogo, puede tener más estructura o una frescura inesperada. Un buen Syrah argentino pide asado, cordero al horno o empanadas con carne cortada a cuchillo. 
Merlot: la suavidad que se resiste al olvido 
Menos plantado que años atrás, el Merlot aún sobrevive en varias fincas mendocinas y patagónicas, en especial en zonas como San Rafael, Tupungato, Alto Valle de Río Negro y Neuquén. 
Cuando está bien trabajado, ofrece tintos de cuerpo medio, taninos sedosos y sabores a ciruelas, cerezas, hierbas secas y cacao. Es una cepa ideal para quienes buscan vinos amables, redondos, con elegancia y sin excesos. Marida muy bien con pastas cremosas, risottos o pollo al champiñón. 
Tempranillo: la cepa criolla de alma española 
Poco a poco, el Tempranillo —uno de los pilares del vino español— va recuperando terreno en Argentina, sobre todo en Mendoza, La Rioja y San Juan, donde supo tener un lugar de privilegio en tiempos de nuestras abuelas. 
Ofrece vinos rústicos pero honestos, con aromas de frutas rojas, cuero, tabaco y un paso por boca amable pero con carácter. Es ideal para comidas sabrosas como locro, pastel de papas o carnes al horno con vegetales. Y, lo más importante: sigue siendo un símbolo de tradición vitivinícola que no se rinde. 
Pinot Noir: la elegancia del frío 
Delicado y algo caprichoso, el Pinot Noir necesita condiciones climáticas especiales para expresar su potencial. 
En Argentina, esas condiciones se encuentran en regiones como el Valle de Uco, el Valle de Río Negro, San Patricio del Chañar (Neuquén) y más recientemente, en zonas altas de Mendoza como Gualtallary y Los Chacayes. 
El resultado son vinos ligeros, etéreos, con aromas a cereza, frambuesa, pétalos de rosa y un dejo terroso. Su acidez natural lo convierte en un tinto ideal para maridar con pescados grasos, pastas con hongos o quesos suaves. También es una de las cepas clave en la elaboración de espumantes de calidad. 
Criolla: el vino de la memoria 
La Criolla no es una sola uva, sino una familia de variedades originadas en América, producto del mestizaje entre cepas españolas y la naturaleza del nuevo mundo. Durante décadas fue considerada “menor”, relegada a vinos simples, hasta que un puñado de productores jóvenes y comprometidos la reivindicó como emblema de lo auténtico. 
La Criolla Chica (hermana americana de la Mission californiana y la País chilena) es cultivada sobre todo en Mendoza, San Juan y Salta, en viñas viejas y muchas veces de parral. El vino que ofrece es ligero, frutal, fresco, de bajo alcohol y gran bebilidad, con sabores que recuerdan a la frutilla, el tomate seco o la cereza. 
No se trata de un vino complejo ni pretencioso, sino de un compañero ideal para comidas cotidianas: pizzas, empanadas, picadas, o simplemente para refrescarse en una tarde de primavera. Pero detrás de su ligereza hay una historia que vale oro: la de nuestras raíces vinícolas. 
Un país, muchas voces tintas 
Argentina no es solo tierra de Malbec. Es un territorio vasto y diverso donde las tintas se expresan de múltiples formas. Desde el Syrah sanjuanino al Pinot noir patagónico, del Tempranillo riojano al Merlot andino, pasando por el legado vivo de la Criolla, cada cepa ofrece un acento diferente, un matiz, una manera de sentir y narrar el vino. 
Y lo mejor es que este mapa está en movimiento. Nuevas zonas se suman (como el Valle de Pedernal, la Quebrada de Humahuaca o la Costa Atlántica), nuevas generaciones experimentan, y el consumidor argentino —cada vez más curioso— se anima a explorar. 
Con esta entrega, cerramos nuestra serie dedicada a los tintos. En la próxima copa, la paleta se aclara: rosados y blancos entran en escena, con su frescura, su diversidad de estilos y un protagonismo cada vez mayor en la cultura del vino local. 
Porque el vino argentino, como su gente, no se agota en un solo color.
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