El cansancio docente empieza mucho antes de llegar al aula

El cansancio docente empieza mucho antes de llegar al aula

Un docente apaga la luz del aula, pero su jornada está lejos de terminar. Mientras viaja hacia otra escuela responde mensajes, piensa en evaluaciones pendientes y planifica la clase siguiente. Esa escena se repite todos los días, en cientos de escuelas. Sin embargo, cuando se habla de burnout docente, la respuesta más habitual suele reducirse a una recomendación: “hay que aprender a cuidarse”. 

El problema es que el agotamiento no se explica solamente por una cuestión individual. 

El burnout combina cansancio emocional, pérdida de motivación y una desconexión progresiva del trabajo. En Argentina, buena parte de los docentes sostiene dos o más cargos para alcanzar un ingreso que les permita vivir. A eso se suman los traslados entre escuelas, la planificación, las correcciones, las tareas administrativas y una disponibilidad casi permanente a través de WhatsApp y otras plataformas. 

Pero hay algo más: la escuela cambió, y con ella cambió el trabajo docente. Hoy la institución contiene situaciones de pobreza, conflictos familiares, problemas de salud mental, violencia y trayectorias educativas interrumpidas. Muchas veces, responsabilidades que antes correspondían a otras instituciones del Estado terminan recayendo sobre la escuela, sin que se amplíen en la misma medida los recursos, los tiempos y los equipos profesionales disponibles. 

Por eso, decirle a un docente “hacé una pausa” o “aprendé a decir que no” resulta insuficiente. Es como pedirle a alguien que carga una mochila cada vez más pesada que mejore su técnica para caminar, sin preguntarse por qué esa mochila no deja de crecer. 

Esto no significa que las instituciones no puedan hacer nada. La gestión también cuida: organizar reuniones eficientes, repartir las tareas con criterio, fijar pautas claras para la comunicación con las familias y respetar los tiempos personales de cada docente son decisiones que están al alcance de cualquier equipo directivo. 

Como padres, como comunidad educativa, muchas veces vemos al docente de nuestros hijos como alguien disponible las 24 horas, capaz de responder un mensaje a las diez de la noche o resolver cualquier imprevisto de un día para el otro. Vale la pena preguntarse qué parte de esa mochila estamos ayudando a cargar. 

La pregunta, entonces, no debería ser cuánto le queda a un docente al terminar la jornada. Deberíamos preguntarnos cuánto más está dispuesto a exigirle el sistema -y también nosotros- a quienes sostienen, todos los días, la educación de nuestros hijos. 

Porque el burnout docente no se resuelve con una pausa. Se previene con mejores condiciones laborales, mejores decisiones de gestión y con una mirada, también desde las familias, que entienda que cuidar a quienes enseñan es una condición indispensable para mejorar la educación argentina. 

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Lic. Fernando Bonforti 

Director de FB Educación & Gestión 
Consultor en Gestión Educativa | Analista de Políticas Educativas 
Instagram: fb.educacion.gestion – WhatsApp: +54 9 11 22354065