¿Quién controla a la IA?

¿Quién controla a la IA?

La Inteligencia Artificial ya forma parte de nuestras vidas y ya se escuchan voces de advertencia. 

Es, sin dudas, el tema central de los últimos tiempos en el mundo: la Inteligencia Artificial llegó para quedarse en forma definitiva y -como suele ocurrir en este tipo de irrupciones- genera tantas o más preguntas que respuestas. 

¿Qué hacemos con la IA? ¿Cómo la usamos? ¿En qué nos puede perjudicar? ¿Cuál es el costo/beneficio de su uso? Los interrogantes se agolpan, pero -como dice la canción- el tiempo no para y todo ocurre mientras la Inteligencia Artificial ocupa cada vez más ámbitos, hasta los más impensados. 

Por ahora, el uso doméstico (para nosotros, los comunes) está emparentado con la resolución de cuestiones laborales o estudiantiles de complejidad variable, diseño gráfico, diálogos con ChatGPT y, por supuesto, imágenes o textos alterados que son moneda corriente en redes sociales. 

El verdadero enigma está en los titiriteros… Aquellos que diseñan las diversas IA y cuyos intereses nunca son develados en su totalidad. No es cuestión de alimentar las conspiranoias, pero sí de poner el foco en qué intenciones persiguen los diversos gurúes de esta nueva revolución. 

El tema incluso es de central protagonismo en Magnífica Humanitas, la primera encíclica del Papa León XIV, publicada a mediados de este año. En el texto, el Pontífice resalta que “las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad”. A su vez, “tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias”. 

León XIV amplía: “No podemos considerar a la IA como moralmente neutra. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones”. Y señala que “no es un simple instrumento que ‘hay que usar correctamente’ (…) 

Por eso, el discernimiento ético no se puede limitar a preguntarse si usamos un determinado sistema para un fin bueno o malo, sino que debe interrogarse también sobre el modo en el que está diseñado y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían”. 

Juzgar el bien y el mal, el terreno de la ética y la moral, corresponde a las personas. Y eso suele estar delegado en los Estados y sus poderes. Por eso, es menester que los ciudadanos, a través de sus representantes, encuentren mecanismos de control para las IA en lugar de dejar su desarrollo y penetración al libre albedrío. 

Las luces de alerta se van prendiendo en forma paulatina e incluso desde adentro: a mediados de septiembre, dos técnicos especializados en seguridad de la empresa Google DeepMind presentaron sus renuncias y publicaron cartas abiertas con severas advertencias sobre los peligros del avance acelerado de la IA. 

Bilal Chughtai y Josh Engels reclamaron una desaceleración en el ritmo de entrenamiento de nuevos modelos informáticos, que hoy en día son más veloces que lo que los científicos pueden asimilar. 

Fue Chughtai quien, a través de un comunicado, afirmó sin medias tintas: “Creo firmemente que la IA tiene el potencial de acabar con todos nosotros y que podríamos estar quedándonos sin tiempo para evitarlo”. 

Por su parte, Josh Engels profundizó en los riesgos técnicos y sostuvo que la probabilidad de perder el control de la tecnología (y que la IA se gestione a sí misma) supera el 20%. 

No se trata de tomar posturas apocalípticas, pero sí de estar atentos a los próximos movimientos. La IA ya es una realidad y su control deberá ser prioridad de cara al futuro inmediato. 

Lic. Alejandro Lafourcade
revista 4Estaciones