Jaime Roos, 2000
Si nunca escuchaste la Milonga de Gauna, te sugiero que la busques ya en Spotify, te pongas los auriculares, cierres los ojos y la dejes rodar. Es imposible que no te acuerdes de varias de las finales perdidas, sobre todo las de los mundiales. Seguramente vas a llorar, pero sin dudas va a ser terapéutico.
Todos esperábamos ayer otra clase de partido, pero también sabíamos que iba a ser muy difícil poder darlo. El trajín para llegar a la final fue tan espectacular, tan dramático, como inesperado, sobre todo por la calidad de los rivales que se enfrentaron. Hubo un partido que valió como una final y que se ganó de guapo, remontando el resultado y hasta con pasajes de muy buen fútbol. El último no fue la excepción en cuanto a las falencias que mostró el equipo a lo largo del torneo, pero se dio todo lo que se pudo, se pudo haber perdido ampliamente, pero se peleó hasta el final. Hubo detalles como siempre. Hubo dificultades inesperadas. Se pudo haber metido otra heroica. Terminó mal.
¿A quién no le duele perder? ¿Quién es el que acepta perder? Pero tampoco podemos quedarnos con prebendas de la talla de “el segundo es el primero de los boludos” o “del segundo no se acuerda nadie”. Yo me voy a acordar de este equipo toda la vida. Como me acuerdo de tantos otros que supieron ganar o perder.
Alguna vez habría que preguntarle a algún técnico cuál es el motivo por el cual se llevan 23 jugadores de campo a un Mundial y se usan solamente 14 o 15. Si yo me encontrara alguna vez con el gringo, después de darle un abrazo, las gracias y pedirle que descanse reflexione y junte ganas para seguir laburando en la selección, le preguntaría esto para que me desasne. Se lo preguntaría no como una crítica, sino porque me apasiona el fútbol y porque creo que los jugadores que llegan a una convocatoria mundialista tienen todos alguna cualidad, algo para aportar cuando llega el momento.
Cuando veía ese primer tiempo donde no podíamos ni tocar la pelota, me retorcí 500 veces preguntándome porque no la línea de tres para este partido con los dos tractores por las bandas. O porque no meter una sorpresa y mandar al Colo Barco y a Lo Celso con todas las ganas que tendrían de entrar y de mostrarse. Estaba claro que era difícil sacarle la pelota a España, pero no entendí la necesidad de jugar para atrás cada vez que se conseguía la pelota, de no intentar atacar con todo casi nunca. Fue feo ver a la selección reducida a eso, pero ahora que pasó la euforia del mientras tanto, ahora que estoy tranquilo y me acuerdo que España le hizo lo mismo a casi todos sus rivales, que yo mismo lo definí como un “oficinista que hace siempre lo mismo sabiendo que al final hay recompensa”, cuando me acuerdo de ese partido contra los cuatro fantásticos de Francia donde los anuló por completo, terminó cayendo en la conclusión de que tal vez la única posible era la épica.
El mundo del fútbol es un opinódromo, los argentinos sabemos bastante de fútbol y estos acontecimientos nos dan a todos la posibilidad de jugar a ser técnicos, de demostrar nuestra sabiduría. Pero la realidad es que los 4 tipos que cranearon el partido de ayer, saben mucho más que todos nosotros y tienen además la experiencia de haber estado ahí, en la misma situación. El gringo ya había dado muestras de que iban a morir con esta, de que era hasta el final así. Explicó mil veces en las conferencias de prensa que no se había llegado de buena forma, que las expectativas eran medidas. Y no estamos hablando de tipos cualquiera, estamos hablando de tipos que protagonizaron 7 años inolvidables llevando esta camiseta, y además ganando. Siempre ganando.
Un equipo es siempre lo más importante a la hora de competir, y siempre las decisiones deben ser pensando primero en el equipo. Pero también los componentes de un equipo tienen relevancia propia y los mejores, lo suelen mostrar cuando les toca. Así fue como aparecieron a lo largo del camino, para apuntalar las falencias del equipo, un Messi, un Enzo, un Julián, un Lautaro, un Cuti, un Licha… y ayer un Dibu Martínez. Encontrar el equilibrio siempre es complicado y algunas veces no hay que buscarlo sino que se da naturalmente.
A mi me hubiese encantado que ayer una de esas dos últimas que tuvo la selección hubiese entrado y que después el Dibu los despachara en los penales. Me hubiese subido a la moto sin problemas. Me hubiese cagado un buen rato de la risa. Habría justificado cualquier cosa, les habría recordado que esto era nada más que una compensación por tantas que nos hicieron ellos fuera de la cancha. Hasta me hubiese dado el gusto de decirles “muy bien muchachos, pero tienen que esperar cuatro años más, porque todavía les falta para ser como nosotros”. No estoy seguro de si tendría algún valor real o si es solo caer en la misma trampa de siempre.
Prefiero terminar acordándome de lo cerca que estuvimos de quedarnos sin nada en aquella final de Qatar y de lo cerca que estuvimos de salir a bailar en culo bajo la lluvia en esta. Disfrutando del viaje, de los gritos desenfrenados, los nervios de Mariela, los abrazos con Ignacio, las lloradas, los vasos de Bushmills, los brindis con Agus. Así de lindo es el fútbol y por algo uno lo disfruta tanto.
Toca felicitar a España porque lo ganó de punta a punta, porque se cargo a los mejores para llegar a su segundo título del mundo. Aunque me pareció muy exagerado que le dieran todos los premios. Y me da un poco de rabia lo poco que necesito Yamal para conseguir su primer mundial, comparado con todo lo que tuvo que hacer Lionel.
Toca hacer el esfuerzo por valorar lo que se logró, por no caer en la necesidad de buscar responsables o culpables, por no entrar en el boludeo de las redes, de los haters, de los infelices que no soportan ver que otros pueden hacer las cosas muy bien, y que no les queda otra que defenestrar y decir mentira tras mentira.
Toca decir que fue una fantochada lo que hizo la FIFA ayer con el premio al mejor jugador del mundial. No tengo que dar explicaciones al respecto, ni decir ninguna perogrullada. Podría escribir dos páginas con motivos porque me sobran. Simplemente les digo a estos personajes que tuvieron la oportunidad de premiar a quien fue el dueño del circo durante los últimos 20 años, de hacer que su último baile fuera con todos aplaudiendolo de pie, como se merecio y se ganó desde que pisó por primera vez una cancha de fútbol. Pero eligieron premiar al payaso. Quiero creer que fue simplemente por imbéciles, por ignorantes o por alguna que otra miseria del negocio, y no para pisar la tumba del muerto.
Me dio mucha tristeza ver al gringo en la conferencia después del partido, también me dio tristeza ver a Paredes a las piñas con los gallegos. Pero son todos matices, mejores y peores, que tiene este deporte maravilloso, el mejor de todos los deportes.
¿Será verdad que llegó el final? Que no hay nada más? Me niego a pensar así. Porque siempre se tiene que poder ir a más, o al menos siempre debería haber lugar para intentarlo. Se entiende todo, la quemadera de cabeza, la responsabilidad que significa competir en el más alto nivel, el derecho a descansar, lo duro que debe ser tener que dar algunas bajas, hasta las contradicciones que se pueden llegar a tener con los “jefes” que le tocaron. Pero más allá de los logros, quiero rescatar una vez más la enseñanza que nos dejan el gringo y sus colaboradores. Costó mucho trabajo llegar a donde se llegó. Haciendo siempre un laburo espectacular. Siempre hablando sin pelos en la lengua, sin casette, sin escaparle al diálogo, explicando desde la humildad. Sin revanchas ni pases de facturas a los que en su momento fueron despectivos o defenestraron. Tienen que saber que este lugar maravilloso en el cual jamás pensaron que iban a estar, lo ocuparon con una dignidad, un respeto y una pasión que emociona. Será lo que tenga que ser y si no se tiene que dar, las puertas estarán abiertas para siempre, maestros.
Hasta acá llegamos. Fue como siempre un placer. Hasta la vista, baby.
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