En forma inexorable, la inteligencia Artificial avanza en cada aspecto de nuestra vida. La educación no es la excepción y el escenario exige respuestas rápidas.
Desde los confines del tiempo, la aparición de una nueva tecnología o herramienta ha provocado fascinación, incertidumbre y en algunos casos hasta miedo, un extraño temor a lo desconocido sumado a un interés irrefrenable.
Es el caso de la Inteligencia Artificial (IA), concepto que, si bien no es “nuevo”, sí ha irrumpido con fuerza desde un tiempo breve a esta parte.
¿Las máquinas pueden pensar?
Fue la pregunta que se hizo desde fines de la década de 1930 Alan Turing, el padre de la informática moderna. La respuesta, casi un siglo más tarde, puede ser afirmativa, por más inquietante que suene.
Entre tantos ámbitos “invadidos” por la IA, la escuela y la educación en general no quedan afuera ¿Cómo lograr que su uso no termine por erosionar el ya de por sí vapuleado sistema educativo? ¿Cómo adaptar sus magníficas posibilidades para que sea un recurso y no una amenaza?
En primer lugar habría que separar los tantos: no es lo mismo ser educador que educando, por más obvio que parezca. Ambos pueden aprovechar la IA en forma positiva, cada uno a su manera.
En el caso de los docentes, la IA generativa ofrece un amplio abanico de posibilidades para mejorar presentaciones, exponer temas, crear exposiciones creativas para enriquecer las clases (usando herramientas como Gamma, entre otras).
De la misma manera, con un puñado de instrucciones pueden obtenerse rúbricas, planificaciones, evaluaciones que reducen el tiempo de trabajo en forma drástica. Sin embargo, nada reemplaza la interacción humana y aquello que el maestro tiene para brindar. Encontrar el equilibrio es el desafío.
Del lado de los alumnos, estos primeros tiempos de la IA en las aulas demuestran que su uso deberá seguir puliéndose: en varios casos se utiliza como una forma de resolver tareas (o, mejor dicho, no resolverlas) de manera rápida y sin esfuerzo.
Si ya Internet ofrecía todo al alcance de la mano, la Inteligencia Artificial profundizó la situación, en cierta medida para peor gracias a -entre otros- ChatGPT, amado y odiado.
En el día a día es difícil hacer comprender a los estudiantes sobre la importancia de saber investigar, comparar fuentes, crear, escribir, responder… pensar. Por esto, la IA puede profundizar la llamada “pereza intelectual”, signo de nuestros tiempos.
Además, es interesante tener en cuenta el punto de vista de la Unesco de cara al futuro inmediato: “La aplicación de la IA en la educación varía enormemente de un país a otro, lo que suele reflejar las disparidades ya existentes en cuanto a la infraestructura tecnológica, la financiación, el apoyo político y los niveles de alfabetización digital”.
Es decir, que la brecha digital sigue ampliándose, en especial en perjuicio de “los países en vías de desarrollo, que deben hacer frente a desafíos fundamentales relacionados sobre todo con los requisitos previos básicos para que la tecnología sea funcional con miras a obtener una educación de calidad, desde la infraestructura hasta la electricidad”.
Según la Unesco, “más de la mitad del mundo sigue sin acceso a la conexión, mientras que la otra mitad está desarrollando la futura generación de herramientas de IA gracias a una inversión sin precedentes de los sectores público y privado”.
El reto a corto plazo será descubrir cómo utilizar la IA como una herramienta que sirva para complementar -y no para sustituir-los elementos humanos de la enseñanza, tan propios como irreemplazables.
Sin embargo, como dijo la especialista en IA y docente española Montserrat Rigall, “la IA no nos sustituirá como docentes, pero aquel maestro que la domine mejor que otro tendrá más herramientas educativas al alcance y una ventaja comparativa respecto al resto”.
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