Artemis II: al infinito y más allá

Artemis II: al infinito y más allá

La misión encarada por la NASA en abril renovó una vez más nuestra fascinación por el espacio exterior. 

El espacio y particularmente la Luna nos fascinan, nos obsesionan, nos atraen. Desde los comienzos de la civilización el cielo fue fruto del interés humano y llevamos heredando esa pasión aún hasta nuestros días. 

Por eso, más allá de los avatares en la Tierra, en las últimas semanas volvimos a mirar hacia arriba, esta vez con la misión Artemis II, encarada por la NASA. 

Contra lo que se pensaba allá por los ’70, hacía más de medio siglo que nadie recorría el “barrio” lunar. Para muchos de nosotros, las imágenes granuladas y en blanco y negro de Neil Armstrong en aquel julio de 1969 son algo que pertenecía exclusivamente a los libros de historia o a los relatos de los abuelos. 

La conquista del espacio nos dejó un innumerable legado cultural: desde los libros de Julio Verne se sucedieron ya en el siglo XX discos, historietas, películas… Además, el espacio nos vuelve aquellos niños curiosos nuevamente. 

Aventureros 

La primera parte de la misión Artemis II se completó con éxito y el regreso a la Luna parece estar a la vuelta de la esquina. Se trata del primer gran hito tripulado del programa Artemis de la NASA, el plan ambicioso que busca establecer una presencia humana permanente en nuestro satélite natural, un sueño que la humanidad persigue desde tiempos inmemoriales. 

En esta oportunidad, los valientes encargados de hacer el recorrido espacial fueron los astronautas Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen. Ellos llevan sobre sus hombros el peso de la historia, pero también la frescura de una nueva era. 

Además, Christina es la primera mujer en volar en dirección a la Luna y Victor el primer afroamericano en una misión de este tipo. 

Fue poco más de una semana a pura adrenalina, comenzando con el rugido ensordecedor en Florida con el despegue del cohete SLS (el más potente del mundo) venciendo la gravedad terrestre. 

Una vez en el espacio, la nave Orión no se dirigió directamente, sino que pasó las primeras 24 horas orbitando la Tierra para chequear que cada sistema -desde el oxígeno hasta las comunicaciones-funcionara a la perfección. 

A salvo 

Durante su travesía, la tripulación pudo experimentar lo que pocos privilegiados viven: ver cómo nuestro mundo se convierte en una esfera azul pequeña y frágil en medio de la oscuridad absoluta del universo. 

Las imágenes tomadas por la misión son hipnóticas y nos hacen maravillar una vez más con la belleza de nuestro propio planeta y del espacio exterior en general. Las redes se inundaron de fotos que mostraron una vez más cuán pequeños somos y cuán necesario es cuidar lo que tenemos. 

Artemis II tiene un costado humano que trasciende los millones de dólares y las piedras espaciales: despierta la curiosidad, reaviva esa chispa que nos hace preguntarnos qué hay más allá e interpela la capacidad de unirnos en un desafío que nos supera como individuos. 

Además, la tecnología que hoy en día se diseña para que estos cuatro aventureros viajen tranquilos por el espacio es la misma que mañana mejorará la medicina o nos ayudará a entender el clima (y sus cambios) de nuestro propio planeta. 

Cuando el viernes 10 de abril la cápsula Orión cayó finalmente en las aguas del Pacífico supimos que el camino a otros destinos, como el siempre anhelado Marte, está un paso más cerca. Pero, sobre todo, confirmamos que los seres humanos seguimos siendo esos exploradores incansables que, aunque sientan vértigo, siempre eligen el camino de las estrellas.

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Lic. Alejandro Lafourcade
revista 4Estaciones