La ballena de Maschwitz, el hallazgo que todavía se recuerda

La ballena de Maschwitz, el hallazgo que todavía se recuerda

El 21 de septiembre de 1993, un arqueólogo salió a correr por el pueblo y se topó con los restos fósiles. Lo que siguió fue una verdadera fiebre colectiva.

El 21 de septiembre de 1993 fue un día lluvioso, como casi cada vez que los estudiantes desean celebrar su día al aire libre… Sin embargo, algo hizo que esa mañana fuera el punto de partida para un hecho que todavía hoy se recuerda. 

Gustavo Sacha Kun Sabó vivía en Maschwitz desde hacía apenas unos días. Aficionado al running, salió a correr sin imaginarse que, a poco de abandonar su casa, se toparía con lo impensado: los restos fósiles de una ballena en la esquina de las calles Corrientes y Moreno.

 

La de la ballena de Maschwitz es una de las historias más entrañables de la zona, a casi 30 años de su hallazgo. Esta es la cronología de un momento en el que pasado y presente se entremezclaron dejando una huella imborrable para la comunidad.

Quiso el destino que Kun Sabó fuera arqueólogo, lo que permitió darse cuenta de inmediato que estaba frente a un hallazgo único. Pero, ¿Cómo llegó ahí el cetáceo?

Tal como se explica en el Museo de Maschwitz, “por las márgenes del Río Luján, en una franja de aproximadamente 500 mts de ancho, ampliándose hasta casi la desembocadura de unos 5Kms aproximadamente, ya en contacto con el Río Paraná, encontramos a la llanura baja, que es la zona del encuentro arqueológico. En el curso superior, el río corre sobre un cauce con forma de barranca”. Es en esta zona “donde hace 5.000 o 9.000 años una ballena recaló y murió, mucho antes que el hombre inventara la escritura y la palabra Maschwitz, para designar el lugar de su muerte”.

Volviendo a Sacha Kun Sabó, el arqueólogo sabía que en el Colegio Carlos Maschwitz había un taller de Arqueología dictado por el licenciado Oscar Trujillo. El docente acudió entusiasmado con todos sus alumnos para participar de la excavación.

Conmoción

En una época muy anterior a las redes sociales, la noticia se viralizó con el boca en boca: ¿una ballena en Maschwitz? Sí, era real. De igual forma, hasta allí llegaron los medios nacionales gráficos, radiales y televisivos.

Más de mil chicos por día llegaban desde todas partes para ver a la ballena, incluyendo la visita del por entonces gobernador de Buenos Aires, Eduardo Duhalde. Nadie se quería perder el “espectáculo”. Llegó a haber más de 40 carpas alrededor del lugar de excavación, con gente pasando la noche cerca de los restos. Una situación que parecía salida de un relato de ficción.

Sin embargo, museos como el de Ciencias Naturales o el Florentino Ameghino, de La Plata, no quisieron recibir a los huesos. Con sus instalaciones saturadas, “apenas” unos miles de años les parecía poca antigüedad como para mostrarse interesados… Así comenzó la cuestión de encontrarles un destino a los fósiles.

Mientras tanto, el pueblo de Maschwitz ya había adoptado a la ballena como símbolo. Vendedores ambulantes con souvenires, remeras estampadas, murales que aún hoy se conservan, un restaurante llamado La Ballena que funcionó durante años son algunos ejemplos de esta “fiebre paleontológica”.

Los restos fueron exhibidos durante un tiempo en el Museo de Escobar para luego pasar al Museo de Maschwitz, convertido después en la Sociedad de Fomento. No obstante, nunca encontraron un lugar fijo y de relevancia que hiciera justicia al revuelo que causaron desde esa mañana lluviosa de 1993.

Fuentes: Diario Clarín, Día 32, Museo de Maschwitz

 

Lic. Alejandro Lafourcade
revista 4Estaciones