¿Qué callar? ¿Qué hablar?

¿Qué callar? ¿Qué hablar?

– ¿Para qué hablamos?

(Bueh! Ya empezamos con preguntas raras!)

– Me animo a arriesgar que la mayoría contestaría que hablamos para comunicarnos.

(Y si!) 

– ¿Será comunicarnos? ¿O la verdadera intención del hablar es comunicar? Sacando el “NOS” de la expresión. Por ende, en esa ecuación no hay “otros” que estén contemplados.

(No la compliquemos! Dale?!)

– En esta lógica comunicacional es más importante el DECIR. ¿Y Cuán importante es lo que queremos DECIR?

Es muy probable que me digas que si lo decís es porque es importante para vos.

(Claro! Por algo lo digo!)

– Entonces si es importante, o muy importante… ¿No será más importante que me escuchen, más que el mero hecho de decirlo?

(Uy que lío me estás armando en la cabeza)

– Pensémoslo juntos. 

¿Cuántas veces regurgitamos palabras sin tener en cuenta el lugar y el momento que las decimos?

¿Cuántas veces lanzamos como catapultas medievales frases, reclamos, pedidos, quejas, esperando que impacte directamente en la persona que va dirigido?

¿Cuántas veces ametrallamos con adjetivos calificativos, opiniones, insultos, amenazas cuando estamos enojados y después nos arrepentimos?

¿Cuántas veces escupimos lo primero que se cruza por la mente y sentimos que metimos la pata?

(Son muchas preguntas, pero la respuesta es MUCHAS VECES a todas)

– ¿Entonces qué hacemos? ¿Callarnos?

(Y… me parece que sería la solución)

– ¿Cuántas veces te quedaste con las ganas de decirle a alguien lo que sentías por él o por ella?

¿Cuántas veces para no “quedar mal” te quedaste en silencio y no dijiste lo que realmente pensabas?

¿Cuántas veces por callar y no generar conflictos, terminaste haciendo cosas que no querías?

¿Cuántas veces evitaste hablar para cuidar la armonía, pero nunca pudiste callar la cabeza y viviste perturbado por tus pensamientos? 

¿Cuántas veces mantuviste la boca cerrada hasta que levantaste presión y explotaste?

(¡Bueno PARÁ PARÁ! ¡Me querés volver loco! ¿Qué hay que hacer entonces?)

– Hablar y callar.

(¡Ahora si! Chau me voy, nos vemos otro día que no estés tan contradictorio)

– Tenés razón! Lo voy a formular a modo de pregunta.

¿Qué callar y qué hablar? 

Las respuestas a estas preguntas son bien personales. Para saberlas es necesario tomarnos unos instantes antes de elegir que vamos a decir y que vamos a callar. En ese primer momento es el SILENCIO el que nos asiste. Ese silencio que nos ayuda a enfocar la atención en lo importante, en eso que queremos cuidar. De esta manera NO REACCIONAMOS impulsados por la emoción, y podemos decidir qué hacer, enfocados en lo que queremos generar.

(A mí me enseñaron que a veces es preferible quedarse callado y parecer un boludo, que abrir la boca y confirmarlo)

– Jajaja! Es una buena ayuda memoria para tomarnos esos segundos, o minutos, para reflexionar sobre qué vida queremos crear. En cada elección, decisión y acción, vamos creando nuestra vida. Por eso, antes de hablar o callar, te invito a que te hagas las siguientes preguntas:

¿Qué es lo importante a cuidar en esta situación o en esta relación?

¿Qué diría?

¿Para qué lo diría?

¿Para qué no lo diría?

¿Es el momento de decirlo, o necesito diseñar como lo voy a decir y en qué momento?

Cuando frenamos y reflexionamos sobre esto, logramos dar pasos genuinos alineados con nuestra esencia. Cortando el automático que nos lleva a lanzar granadas de palabras, o la guardamos en el bolsillo del silencio y se detona en nuestro interior.

(Me quedo con que hacer silencio con intención de enfocarme en lo que quiero cuidar, me ayuda a diseñar lo que quiero decir y en qué momento, o si realmente lo quiero decir.)

– Agrego a tu comentario que el silencio es el primer paso para escuchar y escucharME.

Gastón Aldave

Orientador en calidad de vida & salud