Mi experiencia en Yoga

Mi experiencia en Yoga

Dos de las cosas más importantes que comencé a desarrollar este año son la atención y la aceptación de la causalidad. Fue una “odisea” (viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas y favorables al viajero). Siempre me gustó esa definición. Siento además que sintoniza muy bien con este “Yo” que estoy construyendo: una viajera en búsqueda de su mejor versión. 

Cuando arrancó la formación buscaba respuestas relacionadas a mi práctica personal y cómo profundizarla. Supuse cierta exploración en algún que otro texto y que “a lo sumo aprenderé un poco de filosofía oriental”. Y es cierto que hay algo de todo eso, pero la verdad es que no me podía haber quedado más corta. 

El registro de mi cuerpo moviéndose y respirando se amplió desde las primeras clases, advertí en seguida que a veces me olvidaba de respirar, y cuánto cambiaba todo al hacerlo. Esto se me hacía más evidente con un esfuerzo físico.  Fue precisamente a partir de identificar que en ciertas posturas hacía fuerza cuando y donde no era necesario, que casi como consecuencia se extrapoló a otras áreas de mi vida. Fue esencial para transformar situaciones de tensión y conflicto,  sobre todo en el trabajo, que es donde suelo tener más dificultades para armonizar con el entorno. 

Y no es que ahora respiro un poquito y listo. No. Me sigo fastidiando, enojando, pero logré ponerlo a mi favor porque lo encaro distinto. Siempre callé mis sentimientos y pensamientos en distintas situaciones, para evitar el roce. El problema es que me quedaba rumiándolos por no sé cuánto tiempo después. Ahora simplemente cuando reconozco ese primer aguijonazo de incomodidad, tomo aire. Esos segundos me sirven para definir si amerita dar algún tipo de contestación o no y en caso de considerarlo pertinente, hablo, pero desde otro lugar.     

Pronto surgieron esos asuntos que están un poco más allá de la cotidianeidad y que fui posponiendo, porque nunca supe o nunca quise afrontar. Volvieron a la superficie la inseguridad, el miedo al fracaso, a expresarme en público, la culpa por no cumplir con las expectativas, sobre todo ajenas, y una larga lista de lastre que ya no podía seguir escondiendo, ni pretender que no estaban. Y ese “poco de filosofía oriental” fue el hilo que conectó los momentos de espiritualidad que tenía olvidados por ahí. Cuando leí en el Gita que Krishna es el Morador Interno que le susurra a un corazón puro, sentí que algo se encendía en mí. Redefiní, expandí y sentí el despertar de una fe y una fuerza  renovada, que de algún modo estaban dormidas.  

Tengo muchísimo por hacer, sigo con ciertas dificultades para expresarme fluidamente, falta de confianza en mí misma, desafíos que superar dentro de clase, pero ya no me siento sola. Sé que no lo estoy. 

En este balance no puedo dejar de hacer mención al retiro en Cariló. Fue una válvula de alivio. Pedí perdón, me perdoné y agradecí… Reconocí la Autoridad en mi interior “cortala, ya no va más”…  Tomé conciencia que todos los días puedo sumar algo por lo que ser agradecida y por esa razón no hay nada por lo que quejarme. Que no hay excusas para no intentar lo que sea, porque lo único que puede pasar es que no salga y haya que seguir intentándolo, y más que nada aprender en el proceso. Que la Abundancia en esta vida está en servir y compartir. Reconocí las sonrisas de mi mamá y las de todos mis afectos en las caricias del sol y del viento, y supe que nunca más podía volver a darlas por sentado, porque al igual que la vida, son privilegios, no derechos adquiridos. Hice un “plan de acción” alrededor de esas sonrisas para celebrarlas, agradecerlas y devolverlas. Estoy muy feliz por todo lo compartido, por todo lo vivido!  Y todo comenzó desde que llegué a Arama. 

Gracias 

Noe