Instructorado de Yoga

Instructorado de Yoga

Experiencias

Me gustaría referirme a dos temas. Uno, lo que me pareció el cierre perfecto de dos años de enseñanzas y otro, el significado del curso para mí. 

En el último encuentro asistimos a lo que, creo, fue la síntesis acabada y perfecta de la formación. Una secuencia de tres acciones: observar, reconocer y aceptar, cuyas iniciales forman la palabra ORA. Un nuevo mantra que incorporé a mi vida. 2019 fue el año del So Ham; a 2020 lo nombro, el año de ORA. 

Orar es disponerse mental y emocionalmente ante algo (una divinidad, un símbolo, un paisaje, una imagen mental) en una actitud contemplativa. De ahí que me permito jugar e integrar los conceptos: ORA, orar, oración. 

De ese último encuentro pude aprender que las acciones de observar, reconocer y aceptar, bien hechas y a conciencia, son el trampolín necesario para tomar una acción adecuada. La Acción. Cualquiera sea. Son los casilleros  que debemos ir completando para accionar correctamente. Casi como una meditación automática, previa y necesaria en la que atravesamos las tres etapas. 

Observar. Hacerlo bien. Para liberarnos de prejuicios, asistiendo a la propia experiencia observadora sin las influencias del entorno. Poder distinguir lo que percibe de lo percibido, tratando de evitar la cómoda confusión.  

Reconocer. Zambullirse en lo observado para poder identificar, discernir y comprender. 

Aceptar. Como muestra de humildad, tratando de erradicar del afán de control o el empecinamiento a cambiar lo observado.

Una vez hecho todo eso en forma consciente y acabada, entonces accionar. Me viene la imagen de un leñador, que debe talar un árbol. Observa el monte. Elige el árbol. Calcula hacia donde hacerlo caer. Elige el hacha apropiada. La afila. Y recién ahí, opera. En un ejercicio que domina la ansiedad, trabaja lo necesario en forma previa para accionar de la mejor forma, después. Que la tala, para que sea con sentido y eficiente, sea consecuencia de esa “meditación previa”.

Y yendo al valor del curso para mí: desde que nacemos, nuestras vidas son talladas. Muchos hechos nos tallan sin quererlo. Y está en nosotros que hacer con esas marcas. Que no sean cicatrices en la madera simplemente.  En otros casos, buscamos ser tallados o nos tallamos voluntariamente. Esta última es mi experiencia en el paso por Arama. Elegí seguir tallando mi vida, acercándome más al yoga. Busque tallarme y ser tallado por el aporte de Uds., de forma tal que lo que recibimos y aportamos retroalimenta la obra. La obra (la vida) es así cada vez más perfecta.  

Más arriba hablé de casilleros. De chico jugaba mucho al “Juego de la Vida” con mis hermanos. Pasábamos mucho tiempo. Mi paso por Arama me permitió avanzar en ese juego (de la vida), completando casilleros que estaban aún no transitados. Créanme que jamás hubiera imaginado haber podido estar en la situación actual de estar terminando el curso de dos años. Miro hacia atrás, uno los puntos y me siento orgulloso de lo logrado.

Agradezco a Carlos por su generosidad intelectual y apertura emocional. Sé que “tomarás esta flor” para dejarla en el florero, y así tener las manos libres y seguir. Otra gran enseñanza. Pero, al menos tomala un ratito. 

Agradezco a mis compañeros por haber desarrollado juntos una red de contención, apoyo y mucho respeto.

Y celebro que todos juntos hayamos construido algo superador a nuestras propias individualidades, enriqueciéndonos mutuamente y encaminándonos a lograr lo que yo llamo, la sensación de redondez de la vida. Esa sensación interna, difícil de describir, que uno percibe cuando las partes encajan y cobran sentido en un todo. 

Eso siento ahora: más sentido. 

Sebastian

Arama Yoga